Birmania ,abierta su tradición y su sencillez

Se llame Myanmar, Birmania o Burma, lo que no ha cambiado en este país, cerrado durante muchos años al turismo y que ahora se puede visitar, son sus  pagodas milenarias, así como sus paisajes de arrozales y las curiosas tomateras flotantes del Lago Inle, donde los pescadores ofrecen un auténtico espectáculo. Navegando en canoa por este lago también encontraremos una destilería artesanal de sake, toda una sorpresa, como lo es también descubrir aquí una bodega entre viñedos, algunos de ellos de uva Tempranillo, o asistir a la fabricación familiar y totalmente orquestada de noodles de arroz y que está abierta a las visitas.

 

Este es el país de las pagodas. Se calcula que existen más de dos millones, y las

mejores de ellas, cerca de 2.500 de la Edad Media, se encuentran en Bagan. Aquí las hay de todos los tamaños, materiales y colores, y la mejor forma de visitarlas es a bordo de una moto eléctrica con la que perderse por los caminos. Un medio muy recomendable para llegar a la ciudad más emblemática de Myanmar es el barco, desde Mandalay, antigua capital, en un viaje que durará de sol a sol por el  majestuoso río Ayeyarwady, que atraviesa gran parte del país y desde el que se puede observar la vida cotidiana de los ciudadanos.

 

Cerca del 70% de los birmanos que trabajan lo hacen en la agricultura. Además del arroz –Birmania era en los años previos a la Segunda Guerra Mundial el primer exportador mundial de arroz, con 3 millones de toneladas- los principales productos agrícolas son el algodón, el maíz, el cacahuete y el tabaco. Todos ellos están favorecidos por los regadíos aprovechados en el curso del río Ayeyarwady. La omnipresencia de este río supone además que por todo el país se consuma pescado de agua dulce en abundancia.

 

Y en el hermoso lago Inle, destino obligado en un viaje por el país,  donde la gente vive en palafitos, se puede asistir a todo un espectáculo, como es contemplar a los pescadores utilizar las tradicionales redes cónicas y desplazarse en pequeñas canoas que mueven manejando el remo con una pierna. Una auténtica coreografía sobre el agua. Los pescadores, como la mayor parte de habitantes de esta zona, son de la etnia inthya (hijos del lago), llegada desde el sureste de Myanmar en el siglo XIV.

 

Para ver a los pescadores el visitante toma un barco en Nyaung Shwe, y desde él se podrán observar tomateras aquí y allá en los llamados jardines flotantes. Hay barcos que se dedican a recoger una especie de algas, donde plantarán encima las tomateras. Además de tomates, cultivan calabacín, coliflor y pepino. Se puede ver cómo recogen los tomates, todos pequeños, desde la canoa y cómo los llevan a Nyaung Shwe, donde cooperativas y mayoristas los clasifican y colocan en cajas de madera que exportarán a todo el país. Los que se quedan aquí se venden en el mercado de Nyaung Shwe. En todos los mercados del país hay muchos y variados pescados de agua dulce, multitud de pescados secos, verdura de todo tipo, papayas, mangos y unas piñas muy dulces. También hay gigantescos durios, cubiertos de espinas, cuyo fuerte olor ha llevado a prohibirlos en algunos hoteles y autobuses, y puestos de trozos de madera de sándalo, de la que se obtiene el tánaka, una pasta amarilla que casi todas las mujeres y algunos hombres se untan en la cara para proteger la cutis del sol. En Nyaung Shwe es muy recomendable el restaurante Live Dim Sumhouse.

 

A lo largo del lago es posible visitar alguno de los mercados que se celebra cada cinco días, como el flotante de Ywama, cerca de la pagoda Phaung Daw U, que contiene imágenes de Buda del siglo XII.

 

En barco también se puede llegar en una travesía de dos horas visitando el santuario de In Dein, aldeas de palafitos completamente alejadas del turismo, arrozales y campos de maíz, hasta Samkar. Allí, en medio del bosque, se encuentra una destilería artesanal de sake, el Best Jungle Sake. Está al borde de un lago artificial que se hizo en 1973 para construir una hidroeléctrica y llevar electricidad a Yangon. En la actualidad aquí no tienen luz, pero sí Internet. Sai Myo Thet Kyaw es de la tercera generación de una familia que elabora sake siguiendo la receta tradicional del lugar. Cada día hace 20 litros de sake utilizando el mismo arroz que el que se usa para comer. El arroz que sobra se lo dan a los cerdos, a los que llaman “cerdos felices” porque los granos aún conservan alcohol. En este lugar se hace sake con 20º, 40º y 60º de alcohol. Durante la dictadura militar que gobernó desde 1964, nos cuenta Sai Myo Thet Kyaw, se tenía que beber sake a escondidas. En Myanmar los destilados que más se beben son el whisky y el ron, mientras que el sake se bebe especialmente en las bodas.

 

Lo que el viajero no se espera en este país es encontrar una bodega. Es la Red Mountain, una de las dos bodegas que existen en Myanmar y que se alza a 1.000 metros de altitud. A ella se puede llegar en bicicleta desde Nyaung Shwe. Abierta desde 2002, su fundador, U Nay Wir Tur, viajó a Francia para aprender de vino y a su regreso eligió este lugar por estar rodeado de montañas que protegen a las viñas de las lluvias fuertes. Tiene en total 75 hectáreas de viñedos, la mitad de Tempranillo, la recogida es a mano, al ser más barato que a máquina (una jornada de trabajo se paga a 3.500 kyats, 2,1 euros), y la producción es de 200.000 botellas al año. Mientras se contempla el paisaje y los viñedos, es posible catar los diferentes vinos (Sauvignon Blanc, Syrah, Syrah-Tempranillo) y descubrir que aunque su calidad no es alta, es un logro para un país con una climatología  adversa para este cultivo.

 

El salario mínimo y medio de Myanmar se encuentra entre los más bajos del mundo, pero debido a que la comida no es cara y a que no hay superpoblación –tiene 60 millones de habitantes-, no se ve mucha miseria. En 1989 el país se empezó a abrir al capitalismo dejando atrás la vía birmana del socialismo, que resultó un desastre y llevó a Birmania a situarse entre los países más pobres del mundo.  En la década de los 90 el país se volvió a colocar en el grupo de cabeza entre los exportadores mundiales del arroz. En la actualidad la agricultura supone el 37% del PIB. Las pagodas y cuevas de los alrededores de Hpa-an se alzan entre bonitos paisajes de arrozales, como la pagoda daliniana Kyauk Kalap, en la cima de una roca, o las cuevas de Saddan y Kawgun, ésta última con miles de tallas de Buda en su interior, algunas del siglo VII.

 

En la zona de Hsipaw, lugar ideal para hacer trekking, se puede observar cómo los campos de maíz han ido comiendo terreno a los cultivos de té, con plantas de hace 150 años. El motivo es el bajo precio al que se paga el té (1,6 kilos se paga a 4.500 kyats, 2,7 euros;) y al aumento de la exportación del maíz a la vecina y superpoblada China. Aquí, como en todo el país, se ven árboles de teca. Birmania tiene la mayor superficie de bosques naturales de teca y es el primer productor de troncos de teca en el mundo. Hsipaw tiene un mercado de madrugada, en el que los puestos se iluminan con velas, y que resulta muy sugerente visitar. Como en otros mercados del país, los monjes y monjas budistas van pidiendo de puesto en puesto comida.

 

En esta ciudad, muy cerca del Palacio Shan “Haw Sao Pha”, descubrimos una fábrica familiar de noodles (fideos), abierta a quien quiera asistir a su elaboración, que sigue movimientos perfectamente orquestados liderados por el cabeza de familia, Daw Khin Thar Kyi. El proceso, que dura cerca de una hora, comienza haciendo con el arroz, al que previamente se le ha quitado el almidón, bolas de unos 5 kilos. Éstas se ponen a hervir en un horno, que calienta un caldero con agua, y se amasan produciendo una masa similar a la del pan. Se le añade agua y se pasa por unos paños que hacen de tamiz, quedando una pasta líquida de arroz que después con una especie de teléfono de ducha se le da forma de noodle. Los noodles caen en agua hirviendo, donde se cuecen alrededor de dos minutos. De ahí se pasan a agua fría, donde adquieren una mayor consistencia y ya están listos para el envasado. Una mujer se lleva en bicicleta los primeros que salen de la fábrica y que los birmanos gustan comer acompañados de vegetales, pollo, pescado o carne. Uno de los platos típicos son los “noodles shan”, originarios del estado Shan, con verduras, cerdo o pollo, sésamo y cacahuetes, y que se suele tomar en el desayuno, al igual que el plato nacional, la “Mohinga”,  una sopa de fideos de arroz en caldo de pescado.

 

Un plato de noodles, además de otra mucha comida, se puede degustar en el tren –gracias a vendedores ambulantes- que desde Hsipaw llega a la antigua capital Mandalay, el mejor medio para hacer este recorrido, aunque conviene bajarse en Pyn u Lwin, a ocho horas, y hacer el resto del camino por carretera. El tren pasa por un viaducto, gran atracción del viaje, durante el que se observan pueblos y arrozales mientras la vegetación va entrando materialmente por las ventanillas.  Mandalay, la segunda ciudad del país después de Yangón, es el centro religioso más importante de Birmania. No hay que perderse la visita a los monasterios y pagodas a los pies de la colina, aunque la pagoda favorita de los habitantes de Mandalay es Mahamuni Paya, en el suroeste de la ciudad. En un pequeño local junto a esta pagoda hay una fábrica de aceite de cacahuete. Con las máquinas machacan los cacahuetes para extraer el aceite y la parte seca del fruto, convertida en una pasta, se utilizará para añadir a las comidas y salsas. En Mandalay es muy recomendable el restaurante, muy popular, Aye Myit Tar, que sigue la tradición del país consistente en servir los platos que se han pedido acompañados de otros muchos de verduras, patatas, ensaladas de vegetales y pescado, salsas y sopa. En los alrededores de Mandalay, en Amarapura, un paseo por el puente U Bein, el más largo del mundo de madera de teca, que mide más de un kilómetro, es símbolo de la sencillez y tradición de este país en perfecta armonía con la naturaleza.