Escribe: Max Hartmann (Chile)
@vinosdechile

Chile es un país largo y muy angosto. Sin embargo, su geografía le permite contar con excelentes tierras, muy ricas en frutos y paisajes, de alma generosa. Ya lo destacaba en su obra “La Araucana” el poeta español Alonso de Ercilla y Zúñiga, donde daba cuenta de la diversidad de climas y paisajes, así como de la fortaleza de sus habitantes. Ello ha traído consigo una gran variedad de territorios vitivinícolas, que se extienden por más de mil kilómetros, tanto de norte a sur como desde los pies de la cordillera de Los Andes hasta el océano Pacífico.

Ninguna celebración en Chile se realiza si no es con una buena copa de vino en la mano. Y es que sus tierras han permitido a los expertos ir más allá en el exquisito mundo vitivinícola, siendo hoy uno de los países referentes e este tema. Sus cepas son variadas y acompañan hasta los paladares más exigentes.

Es así como desde tiempos remotos los festines comparten esta sagrada unión entre comida y vino. El resultado no es más que un deleite a nuestros paladares.

Desde hace un tiempo, la cocina chilena ha vivido numerosos cambios que han permitido enriquecer su oferta gastronómica basada en productos nacionales, con preparaciones que contemplan influencias mediterráneas y europeas y que son capaces de deleitar hasta los paladares más exigentes.

cocina chilena

Un claro ejemplo de la cocina tradicional típica chilena es el famoso pastel de choclo, un guiso campesino a base de una suave pasta de maíz rallado, con toques de albahaca y “pino” de carne, servido, generalmente, en pailas de greda a altas temperaturas. Lleva también una presa de pollo contundente, aceitunas, huevo duro y pasas rubias. Un vino clásico chileno perfecto para acompañarlo es un Carménère, una cepa que desapareció en Europa a finales del siglo XIX y que reapareció en Chile hace 25 años. Un Cinsault o incluso un Tempranillo pueden aportar una suavidad extra a dicho plato.

El océano Pacífico bordea más de 4.200 km de costa, provee un exquisita corriente hacia los valles centrales que dan origen a vinos blancos más frescos, incluso nuevas zonas que han permitido que cepas de valles fríos, como el Sauvignon Gris o el Pinot Noir, proliferen. De esta manera, la gran variedad de pescados y mariscos con los que cuenta la costa chilena de norte a sur combina a la perfección con este tipo de vinos.

Un molusco muy apetecido, por su sabor y también por su disponibilidad, (de vez en cuando se encuentra en veda) es el loco. Éste no sólo tiene diversas maneras de preparación -chupe de locos, entrada de locos con mayonesa o con salsa verde, empanadas de locos- sino que también es muy combinable con un exquisito y suave Sauvignon Gris.

De las entradas estelares el tártaro de salmón es muy popular. Cortes parejos y pequeños, sazonados con una mezcla que suma jengibre fresco, vinagre, estragón, jugo de limón y un toque de soya, servido con una pequeña porción de palta (aguacate) cortada en cubos pequeños. Junto a él, un Sauvignon Blanc es lo primero que se viene a la mente, aunque un Pinot noir también resalta con delicadeza sus diversos aromas.

Sin duda, existe un mundo gastronómico por descubrir y experimentar combinado con una creciente y pujante variedad en vinos en una industria que se ha sabido reinventar y competir de igual a igual con grandes actores del mercado mundial. La invitación está hecha para que visiten todo lo que ofrece cada rincón de Chile, desde la cordillera hasta el mar.