Escribe: Rafael Ansón, presidente de la AIBG

 

Todavía, hace pocos años, se decía que el consumo de vino no había demostrado ningún beneficio para la salud, mientras que ahora sí que se reconoce que una ingesta moderada de vino puede reducir el riesgo de padecer enfermedades coronarias. Al eterno dilema de si es o no amigo de la dieta, partiendo del sentido común, el vino es un excelente compañero de viaje para la alimentación saludable.

Hoy sabemos que el tanino de los tintos (con moderación) ayuda a mantener más limpias nuestras arterias, contribuyendo a evitar enfermedades cardiovasculares. Asimismo recientes estudios han demostrado que el resveratrol, una sustancia que se encuentra en la piel de la uva negra, puede ayudar a retrasar el envejecimiento y prevenir enfermedades como el Alzheimer.

Además, activa un gen que impide la formación de nuevas células de grasa y ayuda a movilizar las ya existentes. Por eso, beber vino, con cautela, reduce la obesidad y el sobrepeso al envejecer. La dosis diaria óptima puede ser de 40 gramos.

Otra investigación sugiere que el resveratrol de la uva contrarresta eficazmente los efectos negativos de una vida sedentaria sobre el organismo. Y tanto el vino blanco como el tinto evitan la caída de los dientes, de acuerdo con un estudio italiano.

En suma, diversas indagaciones han demostrado que consumir una o dos copas de vino reduce el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares. Sin embargo, por encima de los 25,4 gramos diarios el alcohol puede causar daños en el hígado, el cerebro y el corazón.

Bondades del vino en la buena mesa

Siempre me gusta comentar que pocas cosas hay más tristes que una comida sin vino. La mitad de lo que comemos es líquido y, por lo tanto, es fundamental.

Existe tal cantidad, variedad y calidad que resulta imposible no encontrar el adecuado para cada alimento y para cada receta. No voy a referirme a la parte técnica o enológica, sino a la gastronómica.

A la variedad de uvas, terrenos y climas hay que añadir los procesos de elaboración. En los grandes tintos, la madera es fundamental. No es lo mismo que sea nueva que vieja, es distinto que sea roble francés o americano y así sucesivamente. En los blancos, también depende que tengan o no madera porque, en función de esa variable, serán más o menos frescos y habrá que beberlos antes o después.

En España tenemos la enorme suerte de ser uno de los primeros países del mundo en vinos. Por ello no existe ningún alimento, ningún plato, ninguna receta para los que no exista un vino español que armonice hasta la perfección. Lo importante es descubrirlo, porque en el mundo de la gastronomía no existen dogmas y lo fundamental es que cada uno coma y beba lo que le guste. En cambio, sí existe una exigencia para una persona del siglo XXI: probar y probar hasta acertar en la elección.